martes, 31 de mayo de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXXXI). Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo.



El Papa Juan Pablo II, San Juan Pablo II, decía en su último documento que “la Eucaristía es un misterio insondable, es misterio de fe ante el cual no podemos más que arrodillarnos en adoración, en silencio de admiración”. Un misterio que hemos de contemplar con profunda devoción y piedad.
Por eso nuestra mirada hoy se tiene que dirigir hacia el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, ese don de amor y de vida que Jesús nos dejó antes de morir, como presencia permanente de su Pascua bajo el signo del Pan y del Vino. Y es que este don es Él mismo, que se nos entrega como alimento para ser nuestra fortaleza en el camino. Este don es el memorial de su sacrificio por nuestra salvación. Este don es el signo de unidad y vínculo de caridad para todos los que creemos en Él.
Y algo propio y significativo de esta fiesta es la procesión con el Santísimo Sacramento por las calles de nuestros pueblos y ciudades. Hoy es Cristo quien recorre las calles y plazas bendiciendo a su paso a todos. Por eso que con sencillez, pero sobre todo, con mucho, con muchísimo cariño, le preparamos esos sencillos, pero hermosos altares que sólo Él sabe realmente valorar, para expresar así nuestra fe y al Señor Jesús que se ha quedado con nosotros.
Pero no puedo dejar pasar de largo que al igual que miramos a Jesús en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, tenemos que saber reconocerle presente también en los hermanos, que también caminan por nosotros por las calles. Por eso que hoy Cáritas nos invita a mirar al hermano, presencia de Cristo en el mundo, y a colaborar con esa labor asistencial y caritativa que brota de una auténtica vivencia de la fe cristiana. Y el texto del evangelio que hemos proclamado hoy también nos invita a tener presente esta relación entre la Eucaristía y la caridad. Los discípulos, ante toda aquella multitud, tuvieron la tentación de desinteresarse de las necesidades de aquellas personas despidiendo a la gente; pero Jesús sale por la tangente, les dice que no se escaqueen, y acabó haciendo el milagro, y al final, vemos como comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.
Pues bien, esto nos tiene que hacer ver que la Eucaristía es todo lo contrario al desinterés, al individualismo. La Eucaristía es una forma de vivir, no es solamente un rito. Por eso que tenemos de dejar que la liturgia y nuestra vida se sostengan y se alimenten mutuamente. Y es que no hay nadie que, en el banquete del Mesías, no quede saciado.

Pues que Santa María, la Virgen, nuestra Madre, la “mujer eucarística” y el primer sagrario en el que se guardó el Cuerpo de Cristo, nos ayude a ser verdaderos cristianos y adoradores.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.