lunes, 6 de junio de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXXXII). Domingo X del Tiempo Ordinario


Terminado ya el tiempo de Pascua y de las solemnidades de la Santísima Trinidad, del Corpus Christi y del Sagrado Corazón, volvemos al Tiempo Ordinario, los domingos en los que el cura va vestido de verde en la Misa; y que es un tiempo litúrgico en el que celebramos la totalidad del Misterio de Jesucristo.
Y la primera lectura de este domingo nos presenta como Dios, por medio del profeta Elías, devolvió la vida a una niña que había muerto. Y como la primera lectura de los domingos lo que hace es prepararnos para relato el Evangelio, pues este relato de hoy nos conduce al texto del Evangelio donde Cristo se presenta no sólo lleno de misericordia y compasión, sino también como dueño y señor de la vida, resucitando por su palabra al hijo de la viuda de Naín. Vemos como Jesús, derrochando cariño y misericordia, se acerca al ataúd, lo toca, y con poder divino –pues no lo olvidemos nunca, Jesucristo es Dios y hombre verdadero-, con poder divino, digo, devuelve la vida a aquel joven y se lo entrega a su madre.
Así pues, vemos como en este milagro, Jesús muestra su sintonía con el hombre, su amor y su misericordia con la suerte de la humanidad, sobre todo con aquella que está más humillada, puesto que las viudas eran de lo más bajo de la escala social de Israel. Y es que Jesús siempre tenía entrañas de misericordia ante el dolor de los que sufrían.
Pues bien. Nosotros somos cristianos, ¿verdad? Y ser cristianos es ser discípulos de Jesucristo, sus seguidores y por ello tenemos que procurar imitar en todo a nuestro Maestro. Por eso tenemos que procurar tener siempre los mismos sentimientos que Cristo. ¿Los tenemos?¿Compartimos el sufrimiento con el que sufre?¿Nos alegramos con el que se alegra?¿Estamos atentos a las necesidades de los demás o pasamos de largo, olvidándonos que Jesús siempre se detiene, consuela y salva?
Y un detalle, que no quiero dejar pasar de largo. Mirad: la viuda de la primera lectura tenía miedo ante la presencia de Dios, se asusta al ver su proximidad. Y tiene una imagen de un Dios que castiga con la muerte y que lleva en cuenta minuciosamente nuestros pecados. ¿Por qué os digo esto? Pues porque todavía hoy día hay quien se imagina a Dios como un Dios justiciero. Pero Dios no es así. Claro que es un Dios que es justo, faltaría más, pero también es un Dios misericordioso. Y es un Dios que, como en la primera lectura y en el evangelio, se acerca a nosotros, nos mira con compasión y actúa ejerciendo su misericordia. Por tanto, no tengamos miedo de la presencia de Dios.

Pues que María, la Virgen, mueva nuestros corazones para que siempre, pero en este año de una forma más especial, sepamos practicar las obras de misericordia, y sepamos también tener misericordia con todos los que nos rodean.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero