domingo, 12 de junio de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXXXIII). Domingo XI del Tiempo Ordinario


Una de las características del evangelio de Lucas, que seguimos este año los domingos, es el énfasis que pone en la misericordia y perdón de Jesucristo, como signo del amor del Padre. Y en este hilo, vemos como dos realidades recorren las lecturas de hoy: por parte nuestra el pecado; y por parte de Dios, el perdón.
Y es que, aunque no queramos reconocerlo, el pecado está en nosotros, somos pecadores. Lo somos. En nuestro caminar hacia Dios a veces nos desviamos, y caemos en el pecado, como vemos que hizo el Rey David.
Pero, como os digo, tenemos la suerte de tener un Dios que es misericordia, y que siempre nos está tendiendo la mano para levantarnos y seguir adelante. Por eso que, cada vez que caemos, porque somos débiles, porque no somos perfectos, tenemos que cogernos de esa mano del perdón de Dios y reemprender la marcha. Y esa marcha la tenemos que hacer sin soltarnos de esa mano. Porque si dejamos de lado a Dios… catapúm, volveremos a caer.
Y para mostrarnos esta forma de ser de Dios, la primera lectura y el Evangelio nos ofrecen hoy dos relatos de la misericordia y del perdón de Dios; pero a la par, el Rey David y la mujer pecadora, son dos ejemplos preciosos de pecadores arrepentidos. Y es que el encuentro con Dios cambia el rumbo de la vida. Si de verdad nos propusiéramos nosotros encontrarnos en serio con Jesucristo… ¡Bueno! Nuestra vida sufriría un cambio y una transformación que no nos podemos imaginar, porque en todo lo que hiciéramos, en todo, le pondríamos el alma del amor de Dios.
Yo no me voy a cansar nunca de invitaros a todos a acudir a experimentar este amor de Dios en el encuentro personal con Él en el sacramento de la Penitencia, el Sacramento del Perdón, el Sacramento de la alegría y de la paz, en el que Dios nos limpia los pecados, nos acoge, nos cura, lava nuestras heridas, nos sana plenamente y recibimos nueva vida. Pero para acercarnos a este Sacramento, tenemos que vencer el pecado del orgullo y de la soberbia, además de hacer oídos sordos a la voz del diablo que nos dice al oído que no tenemos pecados y que para qué vamos a confesarnos, que no hace falta, que te entiendas directamente con Dios… Pues a ver con qué voz nos quedamos, si con la voz que nos ofrece la misericordia infinita de Dios, o con la voz que nos dice que ya somos buenos y que no necesitamos convertirnos de nada.

Pues que María, nuestra Madre, nos ayude a tener un corazón lleno de amor que sepa acercarse a Dios reconociendo nuestra flaqueza y a confiar en su misericordia y su perdón, para así poder emprender seriamente el camino de la vida.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.