domingo, 10 de julio de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXXXV). Domingo XV del Tiempo Ordinario


La liturgia de la Palabra de este domingo pone delante de nosotros una de las enseñanzas más importantes para este año de la Misericordia; que es la parábola del Buen Samaritano que escuchamos en el evangelio. Esta parábola es una invitación a caminar según la ley del amor; esa ley que no está lejos, sino que está dentro del corazón de cada creyente, como leemos en la primera lectura; esa ley que nos lleva a reconocer en el otro, sobre todo en el que está herido, el rostro sufriente de Dios.
Pero de todas las enseñanzas que nos presenta esta parábola, a mí me gustaría que nos quedásemos hoy con una. Y es que hoy tendríamos que hacernos la misma pregunta que el doctor de la ley: “¿Quién es mi prójimo?”; y darle una respuesta poniéndole nombre y apellidos, aquí y ahora para mí. Porque en el camino de la vida hay muchos prójimos, hay muchas personas malheridas y necesitadas de nuestra ayuda. Porque aunque nos digan que la cosa va bien, por ahí tenemos padres y madres de familia en paro y sin ningún subsidio, jóvenes que no encuentran empleo, matrimonios que pasan dificultades y que no se quieren, enfermos solos en el hospital, ancianos que no tienen familia o que su familia sólo está interesada en su dinero… Cuántas personas anónimas hay por ahí que necesitan nuestra ayuda, nuestro tiempo, nuestra dedicación, nuestro acompañamiento… Nuestro cariño.
Por eso que, como el samaritano de la parábola, tenemos que ser gente sin prejuicios  ni discriminaciones, que no hagan distinción de clases, sino que hemos de saber estar abiertos a todas las personas que pasan a nuestro lado y nos necesitan. Y para eso, pues muchas veces necesitaremos convertir  nuestra mentalidad y nuestro corazón.

Bueno, pues que la Virgen María nos ayude para que este domingo, con esta lectura, aprendamos nosotros a ser imagen de este Cristo que, como buen samaritano, ha cuidado tantas veces de nosotros en nuestra vida, y a ser unos buenos samaritanos, viviendo una vida que esté marcada por la sincera vivencia de las obras de misericordia.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.