domingo, 31 de julio de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXXXVII). Domingo XVIII del Tiempo Ordinario


4No se puede negar que el tono de de las lecturas de hoy, especialmente de la primera y del evangelio, es un tono muy serio, bastante serio; ya que se nos habla sobre el valor de los bienes temporales. Y es que, como nos dice la primera lectura, el famoso “Vanidad de vanidades” del Eclesiástico, muchas veces vivimos agobiados por las cosas materiales, y ese agobio, a la larga, no sirve para nada; ya que, como nos dice Jesús en el evangelio, el tener muchas riquezas materiales, no da ni garantiza la vida. Y muchas veces nos hace cerrarnos a Dios y nos vuelve codiciosos, egoístas, rácanos, usureros, tacaños… es decir: unos asquerosos.
Por eso que Jesús advierte del peligro de las riquezas, de la perversión que producen en el corazón la codicia y el apego a los bienes. A ver, el dinero y los bienes materiales son necesarios, es cierto, porque ninguno vivimos del aire. Pero no lo son todo, no podemos vivir como “el tío Gilito”, empeñados en amasar cada día más y más y más…, empeñándonos en ser mañana el más rico del cementerio. Hay que ser rico en gracia de Dios, en buenas obras… Hay que ser ricos en amor. Ricos ante Dios.
Pues bien; el evangelio de hoy nos puede ayudar a establecer un orden de valores en la vida, y preguntarnos a qué le damos verdaderamente importancia nuestra vida; para que vivimos; hacia donde mira nuestro horizonte. Quizá descubriremos, por ejemplo, que llevarse bien con la familia y tener buenos amigos es más importante que tener mucho dinero. Que saber disfrutar de la belleza del arte o de la naturaleza que nos rodea es superior a otras sensaciones. Que hablar un buen rato con una persona a la que se aprecia y quiere tiene un valor incalculable. Que visitar a un enfermo, apoyar a un compañero de trabajo que lo pasa mal, y  otras situaciones similares, es hacernos ricos ante Dios. Que perdonar, que rezar, que celebrar la Eucaristía, que poner en práctica las obras de misericordia, es acercarnos a Dios.
¿Qué es, pues, lo más importante en nuestra vida?¿Por qué nos movemos? Donde tengamos el corazón, tendremos nuestro tesoro. ¿Cuál es nuestro verdadero tesoro? Pues que cada cual se pregunte a sí mismo. Cuándo nos llegue el momento ¿cómo nos gustaría que nos encontraran?
Pues que Santa María, nos ayude a encontrar la verdaderas respuestas, y a ponerlas en práctica.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.