viernes, 26 de agosto de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXL). Domingo XXII del Tiempo Ordinario


Domingo tras domingo, la palabra de Dios nos va dando lecciones muy concretas para nuestro camino. Hoy nos recomienda ser humildes ante Dios, porque ante Él, no somos nada. Y es que pretender reconocerse algo ante Dios, como era el caso de los escribas y fariseos, además de ser absurdo, indica desconocer el plan gratuito de salvación.
Es cierto que ser humilde cuesta mucho; sobre todo en nuestros tiempos. Sin embargo, tenemos que pedirle a Dios que nos dé esa virtud, ya que, como vemos en la primera lectura, “Dios revela sus secretos a los humildes”. Por eso conviene que en cada celebración de la Eucaristía vayamos afianzando esa actitud de humildad para que el Señor se digne comunicarnos sus secretos y también para que luego, seamos capaces de ponerla en práctica en nuestras relaciones con los demás.


(Aunque sí que hay que reconocer que en una cosa le solemos hacer caso a Jesús en el evangelio de hoy, y es en la de ocupar los últimos puestos… Sobre todo en la iglesia, ¿verdad? ¡Cuánto nos gusta sentarnos en los bancos de atrás! Y… cuanto más atrás, ¡mejor! Sin embargo… en la iglesia somos todos tan importantes, que Dios quiere que ocupemos los primeros puestos para estar cerca de Jesús, que se hace presente en el altar. Hoy los primeros puestos están reservados para todos y cada uno de nosotros. Y esos bancos delanteros, que casi siempre están vacíos, están para ocuparlos –sobre todo para los niños, que son los más sencillos-, porque Jesús no nos va a decir precisamente que nos vayamos para atrás.)
Y por otra parte, San Pablo, en la segunda lectura, nos quiere dejar bien claro que Dios, nuestro Padre, no es un Dios distante y lejano, que ande despreocupado de nosotros, sino que es todo lo contrario: es un Dios que está siempre a nuestro lado para darnos esa mano que necesitamos y que en cada momento nos está ofreciendo la ayuda que necesitamos para llegar al final del camino. Y es que todos, todos necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro caminar. Y Dios nos está ofreciendo constantemente esa mano, para no caer. Y si por torpeza caemos, ahí está esa mano suya para ayudarnos a levantarnos y a seguir adelante. Pero hay que saber ser capaces de cogerse a ella.

Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que nos ayude a vernos y a valorarnos tal y como somos y que seamos capaces de aceptarnos en lo bueno y en lo malo, para así poder corregir nuestros defectos –porque el que no reconoce que tiene un problema, difícilmente podrá arreglarlo…- y sepamos reconocer, sin ninguna envidia, que a nuestro alrededor hay gente estupenda y maravillosa que son mucho mejores que nosotros.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.