domingo, 11 de septiembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXLII). Domingo XXIV del Tiempo Ordinario.


Si todo este año está marcado por la contemplación y la vivencia de la misericordia de Dios, en la liturgia de la Palabra de hoy encontramos un canto muy especial a esta misericordia, sobre todo en la lectura del evangelio, donde proclamamos las parábolas de la misericordia de Dios, que destacan la alegría y la fiesta de quien encuentra lo que se había perdido. Esa es la alegría del pastor que encuentra a la oveja descarriada, o la de la mujer que encuentra la moneda perdida ( y bueno… que vamos a contar de la alegría del padre que ve regresar a casa a un hijo que, en su afán de independencia e ilusión de libertad, había roto con la familia).
Resultado de imagen de xxiv ordinario cY es que estas parábolas de la misericordia nos recuerdan, una vez más, que la alegría más grande para Dios es la alegría del perdón. Que nuestro Dios no quiere castigarnos. Y quien piense así, se equivoca de Dios y de religión. Lo repito: Dios no quiere castigarnos, y no es sólo que esté dispuesto a perdonarnos, sino que lo está deseando.
Pero… para que Dios nos perdone es necesario que nosotros le pidamos perdón. La conversión, el cambio de vida, si nosotros no ponemos de nuestra parte, pues no se producirá; porque sí, Dios quiere perdonarnos, eso está claro, pero en ningún momento nos va a forzar; sino que lo que quiere es que volvamos a Él de corazón y convencidos.

Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María, Reina y Madre de misericordia, que sepamos acercarnos al corazón infinitamente misericordioso de Dios, para que así, volviendo cada uno de nosotros a la casa del Padre, siempre sea fiesta en el reino de Dios.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.