sábado, 17 de septiembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXLIII). Domingo XXV del Tiempo Ordinario


Las lecturas de hoy nos advierten con palabras claras del peligro y la tentación de servir a dos señores queriendo servir a Dios y al dinero, rompiendo así la unidad de nuestra vida cristiana y de seguir el engaño de los ídolos que ponen en peligro nuestra vida de auténticos cristianos. 
De esta manera vemos como el profeta Amós urge y reprocha las malas acciones de los que sólo buscan su provecho material; y no habla “para los demás”, sino que lo hace para cada uno de nosotros, porque la injusticia y la avaricia se pueden dar en todos, ya que el amor al dinero endurece el corazón de las personas, las cierra al dolor de los demás y las lleva con frecuencia a cometer injusticias, cuyas víctimas, suelen ser casi siempre, los más pobres.
Por eso que Jesús, en el evangelio,  nos recuerda que Dios es el verdadero Señor, con mayúsculas, al que debemos servir, y nos indica el camino que debemos escoger para servirle sólo a Él, que tiene que ser el verdadero Señor de nuestras vidas. Porque, cómo bien nos dice, no podemos servir a Dios y al dinero.
¿Cuál es, pues, nuestra actitud? Seamos sinceros: ¿de cuántos sacrificios somos capaces para elevar nuestro nivel económico, para ahorrar y comprar lo que nos apetece… y de cuántos para vivir coherentemente nuestra fe cristiana?¿qué supeditamos a qué?¿Hacia dónde se inclina la balanza? Tengamos cuidado, que sin darnos cuenta, la balanza se puede inclinar hacia el lado equivocado.
Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María, la fuerza para no dividir nuestro corazón, para que, pidiendo y rezando por todos, como nos dice San Pablo en la segunda lectura, porque hay personas que necesitan que se rece mucho, pero que mucho por ellas…., sirvamos y amemos al único Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.