domingo, 25 de septiembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXLIV). Domingo XXVI del Tiempo Ordinario


Hoy continuamos con el tema del domingo pasado, que es el del uso de los bienes materiales. Y si el domingo pasado se nos decía que no podíamos servir a Dios y al dinero a la vez, hoy se nos habla de las consecuencias que puede tener una mala elección. Por eso la primera lectura, del profeta Amós, nos dice sin rodeos lo que piensa nuestro Dios sobre los pobres y los ricos con palabras duras, fuertes pero muy claras.
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Y esa realidad que critica el profeta Amós es la misma que denuncia Jesús en la parábola del evangelio, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Una parábola que nos muestra las consecuencias que puede tener el dejarse poseer por los bienes materiales, y no fijarse en la realidad que pasa a nuestro alrededor.
Y como el que avisa no es traidor… Pues también nosotros tenemos que saber escuchar a Moisés y los profetas; es decir, tenemos que escuchar la Palabra de Dios, que es el instrumento del que Dios se sirve para ayudarnos a orientar la vida presente y para advertirnos de lo que nos puede venir en el futuro si no lo hacemos. Pero hoy como ayer, pues es triste comprobar la frialdad del hombre egoísta, su cerrazón, su ceguera, que no cree ni aunque vea milagros en su propia cara. Ya lo dice bien la parábola del evangelio ya… que el que no escucha la Palabra de Dios no creerá ni aunque vea resucitar a un muerto. Y ese muerto ya resucitó, y no es otro que el mismo Jesucristo. ¿Le escuchamos?¿Le hacemos caso?

Pues escuchémosle, pongamos por práctica aquello que nos dice. Y si la mesa del rico Epulón era una mesa de mal y de pecado, una mesa en la que no había lugar para Dios; ahora Jesús nos invita a una mesa muy distinta, que es la mesa de su amor, la mesa de los pobres, la mesa de la vida. Pidámosle a la Virgen María el saber participar de esta mesa con fe y acción de gracias.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.