lunes, 17 de octubre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXLVII). Domingo XXIX del Tiempo Ordinario


A lo largo de estos domingos las lecturas que proclamamos en la Eucaristía nos van hablando de valores y de actitudes que Jesús nos propone a sus discípulos. Nos han enseñado a saber utilizar bien los bienes materiales, a tener fe y confianza en Dios, a serle agradecidos…
Y hoy se nos invita a ser constantes. A ser constantes en todo lo que hacemos, sin desanimarnos, sino mirando hacia delante, cueste lo que cueste. Ser constantes en la esperanza, en vivir con ilusión el presente para vivir con ilusión el tiempo presente, pero esperando un futuro mejor para todos y en todo el mundo. Se constantes en hacer el bien a los demás…
Y sobre todo, se nos invita a ser constantes en la oración, a elevar nuestra vida y nuestro corazón a Dios, rogándole por nuestras necesidades; pero no solo por nuestras necesidades, sino también por las de la Iglesia y por todas las de la humanidad.
Y si en la primera lectura Moisés nos da una gran lección de perseverancia en la oración, en el evangelio Jesús nos afirma con fuerza que es preciso orar sin desfallecer sin venirnos abajo, con una constancia confiada y filial, dejando nuestras preocupaciones y agobios en manos de Dios.
Porque muchas veces podemos utilizar a Dios como un tapagujeros de nuestra conciencia, pidiéndole muchas cosas, machacándole la paciencia con nuestras peticiones, que a veces son hasta arrogantes y a modo de chantaje…
Y no lo tenemos que hacer así. De ninguna de las maneras. Santa Teresa de Jesús decía que “la oración es un trato de amista; hablando con quien sabemos que nos ama”.

Por eso tenemos que pedirle a la Virgen que nuestra oración sea  humilde, confianza y perseverante, de manera que cada día de nuestra existencia esté puesta ante el Señor, convencidos de que sólo del Señor nos viene el verdadero auxilio que nos guarda de todo mal.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.