martes, 8 de noviembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLII). Domingo XXXII del Tiempo Ordinario


En estos últimos domingos del año cristiano, la temática de las lecturas apunta al final de los tiempos; empezando hoy por la fe en la resurrección de los muertos.
Resultado de imagen de xxxii ordinario cY es que creer en la resurrección de los muertos es algo esencial para nuestra fe cristiana. Si por algo sufrimos y aguantamos, si por algo nos negamos en la vida, si por algo seguimos a Cristo es precisamente porque creemos que existe otra vida. Si no hubiera otra vida, seríamos unos necios callando ante las incomprensiones y perdiendo nuestros derechos, compartiendo nuestras cosas con los necesitados, viniendo a Misa y haciendo ciertos sacrificios… Pero existe, metámonoslo bien en la cabeza, existe una vida eterna y una resurrección futura. La primera lectura de hoy, por ejemplo, nos muestra el ejemplo de los hermanos Macabeos que permanecieron fieles a Dios hasta la muerte. Y todo porque creían en la resurrección. Y en el evangelio, Jesús responde a los saduceos que negaban la resurrección y que quisieron ir a pillarlo, que nuestro destino es un destino de vida, no de muerte; un destino de hijos amados de Dios, llamados a vivir la vida plena en comunión con Él para siempre.
Por eso que, ante doctrinas que hoy están cogiendo fuerza entre nosotros, y que ni de lejos tienen que ver con el evangelio, como son la reencarnación y otras cosas por el estilo, los cristianos tenemos que afirmar nuestra fe en lo que nos asegura Jesús, que es la resurrección y la vida en Dios para los fieles. Una vida distinta de la actual, una vida que no sabemos como será, porque el “más allá” sigue siendo también para nosotros un misterio. Pero una vida que, fuera de toda duda, será muchísimo mejor que la que estamos viviendo ahora. Ahora bien… Tenemos que decir nuestro “sí” o nuestro “no” a esa invitación que Dios nos hace a la vida eterna. Y nos toca decir “sí” o “no” con nuestro modo de vivir. Fijaos como en la primera lectura, uno de los hermanos martirizados le dice estando a punto de morir al rey en su misma cara que no iba a resucitar para la vida. Eso es muy fuerte. Por ello que no debemos de dejar de pedirle a Dios, como dice San Pablo, que nos dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas y que nos libre del Maligno, que el diablo, aunque nos empeñemos en querer negar su existencia muchas veces, va merodeando por ahí siempre tocando las narices e intentando echar a perder el plan de Dios en nuestras vidas.
Pidámosle pues a Santa María que interceda por nosotros, para que el Espíritu Santo mantenga siempre vivo el amor a la verdad en quienes hemos recibido la fuerza de lo alto, y nunca nos cansemos de proclamar nuestra fe, a pesar de las dificultades.



Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.