miércoles, 16 de noviembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLIII). Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario


Los textos de la Palabra de Dios de este domingo son una mezcla de seriedad y de alegría, de esperanza y de espera, de fe y de actividad. Todos ellos nos hablan del paso, de pasar por la muerte de un mundo viejo a la vida de un mundo nuevo y sorprendente.
Y es que al final del Año litúrgico, antes de poner el broche de oro con la solemnidad de Cristo Rey que celebraremos el próximo domingo, la Iglesia nos invita a pensar en el fin del mundo, en el fin de la historia. Por eso que las lecturas de hoy nos invitan a mirar hacia el destino final de la humanidad y del nuestro personal. Son una llamada y una invitación a vivir fielmente el Evangelio, porque, si de verdad llegará el final del mundo presente, también es cierto que los cristianos esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
¿Y cuándo va a ser eso? Pues no lo sabemos. Jesús mismo nos dice en el evangelio que no hagamos caso a los que van diciendo que el fin del mundo está cerca; porque ese momento sólo lo sabe Dios. Así que, a los agoreros de desgracias… ni caso. Por ello que no nos tenemos que intranquilizar por anuncios extraños o sorprendentes; sino que tenemos que vivir de tal manera que el Día del Señor no nos pille por sorpresa. Y para ello es muy, pero que muy importante, que seamos perseverantes, puesto que, como dice Jesús en el evangelio, el que persevere hasta el final se salvará. ¿Qué van a pasar muchas cosas entre medio? Sí. ¿Qué se van a meter y a perseguir a los cristianos y va a haber quien se dedique a machacarnos, ponernos verdes, y hacernos la vida imposible? Pues sí. De hecho ya llevan casi dos mil años haciéndolo y mira… aquí seguimos los cristianos… Y hay cristianos para días, sea aquí, o sea en cualquier lugar del mundo.
Y otra cosa: Es importante que no olvidemos que este itinerario hacia el encuentro definitivo con el Señor, perseverando en la fe y manteniendo la esperanza, no lo recorremos solos, sino que lo realizamos junto a otros creyentes, en la Iglesia, que se encamina a través de los siglos hacia el encuentro con su Señor. Y esa pertenencia a la Iglesia la tenemos que vivir siendo conscientes de que pertenecemos a una Iglesia diocesana, a una diócesis, a la que todos tenemos que querer y con la que todos hemos de colaborar.
Que María, la Virgen, Madre de Cristo y de la Iglesia, nos ayude a tomar una mayor conciencia de nuestra pertenencia a la comunidad diocesana, conociendo y colaborando en la multitud de tareas que emprende con el fin de evangelizar y atender pastoralmente a todos los fieles.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.