sábado, 10 de diciembre de 2016

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLVIII). Domingo III de Adviento


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Las lecturas de hoy nos invitan a la alegría, porque el Señor está cerca, y sus signos de salvación son evidentes. Por ejemplo, en la primera lectura, el profeta Isaías, que escribe en tiempos difíciles para el pueblo, que había sido deportado, nos describe cómo al paso de Dios todo se renueva; como el desierto se llena de vida y de hermosura, y como el pueblo, inmerso en el temor y la pesadumbre del destierro, se alegrará, porque volverá a su tierra guiado por el mismo Dios.
Bueno, pues hoy también necesitamos profetas que alienten a la humanidad sufriente, que recuerden quien es el hombre y a qué está destinado, que ayuden a mirar al cielo con alegría y esperanza. Y esos profetas tenemos que ser nosotros. Sí. Nosotros tenemos que ser profetas en medio de nuestro mundo. Pero para ser profetas, primero tenemos que salir de la indiferencia, de la apatía, o del desencanto con el que vivimos muchas veces, como nos insiste en tantas ocasiones el Papa Francisco. Es verdad que las situaciones que nos tocan vivir, pues muchas veces nos dejarán tristes por dentro. Pero tenemos que sentirnos llamados a mantener la alegría, a ser pacientes, como nos dice el Apóstol Santiago el menor en la segunda lectura. Sí, a tener paciencia… que tanto nos cuesta. Y es que sólo con una actitud paciente y esperanzada podremos anunciar con entusiasmo al mundo la alegría del Dios con nosotros al que esperamos. Porque no tenemos que esperar a otro.
Y fijaos en una cosa: Cuando los discípulos de Juan Bautista le preguntan a Jesús si Él es el Mesías esperado, la respuesta de Jesús es la respuesta de los hechos y no de las palabras. Jesús ponía por delante los hechos. Como dice el refrán: “Obras son amores, y no buenas razones”. Pues bien, nosotros, como seguidores de Jesús, tenemos que imitar a nuestro Maestro, y demostrar que le seguimos también con los hechos. No se nos piden grandes cosas; Dios no nos pide que hagamos grandes milagros, entre otras cosas, porque eso es cosa suya; pero sí que  nos pide el milagro cotidiano de que hagamos bien, y con amor, las cosas pequeñas de cada día.

Que Santa María la Virgen nos ayude a todos para que, trabajando por la transformación del mundo, seamos testimonio vivo de la esperanza que albergamos en nuestro corazón, de tal manera que el mundo pueda descubrir, por medio de nosotros, que Jesucristo es el Señor del tiempo y de la historia.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.