REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXIV). Domingo II del Tiempo Ordinario


Tras haber celebrado festivamente el misterio del Nacimiento de Jesucristo, comenzamos los domingos del tiempo ordinario, en los que iremos siguiendo en la lectura del Evangelio los pasos de Jesús por los pueblos y caminos de Galilea. 
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Pero hoy, antes de empezar la lectura continuada de Mateo, leemos un pasaje del evangelio según san Juan, en el que el Precursor, Juan el Bautista, da testimonio de Jesús, y le presenta como el Cordero que va a librar de todo mal al mundo, el ungido por el Espíritu en el Jordán, el auténtico Hijo de Dios.
Sin embargo, permitidme que hoy, más que en el Evangelio, haga hincapié en la segunda lectura; ya que cada vez que escuchamos la carta de san Pablo a los Corintios, la tenemos que considerar como escrita para nosotros mismos, puesto que no leemos la Biblia en la Eucaristía para enterarnos de que hace veinte siglos tal o cual comunidad tenía problemas, sino para que nos miremos al espejo y, sintiendo que Pablo nos está diciendo aquí y ahora las mismas cosas que escribió entonces, procuremos que nuestros caminos vayan coincidiendo cada vez más con los de Dios. Sobre todo cuando vemos que la comunidad cristiana de Corinto es una comunidad que vive en medio de un ambiente pagano, como nos toca vivir a nosotros hoy, lo cual, le da mayor actualidad todavía en nuestros días a este texto.

Pues que María, Madre de Dios y Madre nuestra, nos ayude a sentirnos unidos a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, de un modo especial en esta semana en la que comenzaremos el octavario de oración por la unión de todos los cristianos, de forma que, en cada Eucaristía, el encuentro con Jesús, el Cordero de Dios quita el pecado del mundo, nos de fuerzas para ser luego, en la vida, testigos del amor de Dios a toda la humanidad.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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