REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXV). Domingo III del Tiempo Ordinario


El evangelio de hoy nos presenta a Jesús iniciando su misión en Cafarnaún. Y vemos como en el texto de hoy ha sonado una palabra mágica; el corazón del mensaje de Jesús: “¡Convertíos!”… “¡Convertíos!”. Es decir, cambiad, cambiad de vida, cambiaos al Reino. Cambiaos al Reino de Dios… A ese Reino que Jesús ha venido a anunciarnos… A ese Reino que es el sueño de Jesús… A ese Reino que es, ni más ni menos, cambiar el mundo, construir el mundo según el proyecto de Dios.
Y aunque Jesús pueda hacer todo solo, busca ayuda… va enganchando al trabajo por el Reino a los que se atreven a dejarlo todo e irse con Él, como aquellos pescadores, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que tuvieron el valor de seguirle… Y nos invita a soñar. A soñar con el Reino de los cielos, a participar de su sueño y a construirlo, empezando cada uno por sí mismo, mejorando personalmente día a día, porque la conversión es tarea de todos y de todos los días, porque jamás estaremos convertidos del todo y siempre necesitaremos cambiar y mejorar…
Y es que el mensaje de Jesús, desde entonces hasta nosotros, es el mismo: cambiad, convertíos, meteos en la aventura del Reino de Dios… Y todo esto comenzó Galilea, en la Galilea de los gentiles, donde vivían muchos paganos en medio del pueblo judío. Allí, en el lugar más humilde, desconocido y pobre del Imperio Romano, considerada por muchos como tierra de paganos, empezó a brillar una luz nueva para la humanidad, porque allí empezó Jesús el anuncio de la buena noticia.

Vamos a pedirle a la Virgen María que también nosotros, tratemos de dar ahora, en esta celebración, una respuesta afirmativa, un sí a lo que Dios nos pide, al igual que hicieron los primeros discípulos, porque también hoy Jesús busca colaboradores que, convertidos a Él y siguiéndole, anuncien el Reino de Dios en los ambientes concretos en los que se desenvuelve su vida.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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