REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXLVII). Domingo V del Tiempo Ordinario





El evangelio presenta hoy algunos aspectos que son esenciales al cristiano, ya que, según Cristo, sus discípulos tenemos que ser la sal de la tierra y la luz del mundo, es decir, tenemos que transformar y dar sabor como la sal y también iluminar y orientar al mundo, siendo puntos de referencia, cada uno desde nuestro lugar. Y es que los cristianos tenemos que estar siempre “en el candelero”, es decir, tenemos que dar siempre y en todo lugar testimonio de Jesucristo exteriormente, de palabra y de obra.
Resultado de imagen de mateo 5 13 16Pero aunque las lecturas de hoy destaquen especialmente el simbolismo de la luz en la vida cristiana, me vais a permitir que yo me fije más en el de la sal, puesto que la sal es más humilde, más discreta y necesaria, y solo nos damos cuenta de ella cuando falta o cuando sobra… Y es que las cosas sin sal no llegan a tener su propio sabor. Las cosas con sal, en su punto adecuado, no saben a sal, sino a ellas mismas. En cambio, si se pasan de sal, no hay quien se las coma, y hasta pueden ser perjudiciales.
Pues bien. Seguro que todos conocemos a personas que son como la sal: discretas, que ponen sabor en todo sin ruido, sin resplandores… En la segunda lectura vemos como san Pablo dice de sí mismo que actuó sin nada de sublimes elocuencias ni sabidurías, que sólo se encargó de predicar a Jesucristo crucificado. Y ahí está el quid de la cuestión. La verdadera sal es Jesucristo. Él es el que tiene que dar sabor a todas las cosas. Nosotros tenemos que llevarlo a los demás. Y no se trata tampoco de predicarlo ostentosamente, sino que nuestra sal tiene que ser más simple y cotidiana, como partir el pan con el hambriento, vestir al desnudo, desterrar la opresión, la maledicencia… como nos dice el profeta Isaías en la primera lectura. Si hacemos estas pequeñas cosas, entonces es cuando estamos poniendo sal a la vida de todos; pero no nuestra sal, sino la sal de Jesús, y no tengamos miedo de que los demás se enteren que hacemos estas cosas buenas, pues de esta manera estaremos poniendo no nuestro granito de arena, sino nuestro granito de sal para que los hombres den gloria al Padre que está en los cielos. 
Que la Virgen María nos ayude, pues, para que sepamos unir en nuestra vida liturgia y vida, oración y compromiso, para ser sal y luz ante los demás y ayudar a que todos den gloria a Dios. 
Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero
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