sábado, 4 de marzo de 2017

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXXI). Domingo I de Cuaresma


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Cada vez que rezamos el Padrenuestro le pedimos a Dios nuestro Padre que no nos deje caer en la tentación, y que nos libre del mal. Pero a veces me pregunto si tenemos claro qué es eso de la tentación.
Mirad, una tentación es algo que nos atrae muchísimo, aunque no nos conviene, es más… nos hace daño, mucho daño. Y es que una cosa es lo que nos apetece y otra, muy distinta, lo que nos conviene. Y así estamos… sometidos constantemente a la tentación, como Adán y Eva en el paraíso, y como el mismo Jesús en el desierto. Porque Jesús también tuvo tentaciones durante su vida…; lo vemos hoy en el Evangelio. Tuvo tentaciones como todos nosotros, incluso tuvo la tentación de desconfiar de Dios Padre. Pero Jesús se diferencia de nosotros en que Él no se deja engañar. Por eso tenemos que pedirle ayuda, para no dejarnos engañar por el diablo, que es muy ladino; y así como tentó a Jesús en el desierto de varias maneras, a nosotros nos tienta queriéndonos hacer creer que todo vale, que nada es pecado, que es igual lo que hagamos o pensemos… Y nosotros, como somos como somos…, pues solemos caer como pardillos en la trampa. Y no sólo eso, sino que muchas veces nos empeñamos en no querer darnos cuenta que hemos caído. Y si no nos damos cuenta, si no reconocemos que somos pecadores… pues difícilmente podremos pedir perdón a Dios.

Vamos a pedirle por tanto, a la Virgen María, en este comienzo de la Cuaresma, que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos, y que abra los nuestros para que no estén ciegos y se den cuenta que necesitan de la gracia de Dios para poder levantarse y seguir adelante. Porque somos barro, a veces barro a punto de hacerse añicos, pero barro sobre el que Dios ha tenido, tiene y tendrá misericordia.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.