REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXXII). Domingo II de Cuaresma


En este camino cuaresmal hacia la Pascua, se nos invita hoy a contemplar a Cristo transfigurado en el monte Tabor; un momento de la vida de Jesús que tiene como objetivo fortalecer la fe de sus discípulos ante el escándalo de la cruz que se avecina, anunciándoles por adelantado la gloria de la Resurrección.
Bueno, pues también nosotros tenemos que fortalecer nuestra fe ante las dificultades para saber dar razón de ella ante un mundo descreído, y poder sobrellevar las cruces que unos y otros tenemos que cargar cada día. Porque es verdad que la cruz y el sufrimiento nos asustan y nos dan miedo, y que muchas veces los rehuimos, no queremos saber nada de aquello que pueda molestar nuestro bienestar, nuestra supuesta tranquilidad y paz… Nos puede pasar como a Pedro, decirle al Señor “¡qué bien se está aquí!”, y caer en la tentación de la comodidad, apoltronarnos, y no querer cambiar ni transformar nada.
Pero la felicidad en esta vida no es simplemente disfrutar sin más, que va. Vivir en cristiano es caminar, salir de la mediocridad para buscar algo mejor, muchísimo mejor, que es el Reino de Dios. Pero esa búsqueda es siempre cuesta arriba. Y es que Dios nos pide siempre mejorar, que no nos conformemos, que aspiremos a más; nos pide, como dice san Pablo en la segunda lectura, que tomemos parte en los duros trabajos del evangelio, porque vivir de verdad es no conformarnos con felicidades superficiales, sino aspirar a lo máximo.

Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que seamos capaces de escuchar a Jesucristo, pero no sólo de escucharlo, sino de tomarnos en serio su palabra. Porque si no lo hacemos… esto irá a peor.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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