lunes, 27 de marzo de 2017

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXXIV). Domingo IV de Cuaresma


En medio de este caminar hacia la Pascua, la liturgia de la Iglesia nos invita a la alegría. Alegría porque ya se percibe en el horizonte el misterio más grande de nuestra fe, ese misterio de luz y de vida desbordante que es la resurrección del Señor Jesús.
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Pero la liturgia de este domingo también nos enseña que para acoger a Cristo se necesita, por un lado tener fe, como la tuvo el ciego de nacimiento, que afirmó “creo, Señor. Y se postró ante Él”; y por otro lado tener humildad, sentirse pequeño…, sencillo…, ciego ante Dios.
Mirad: la curación del ciego de nacimiento es una catequesis sobre Cristo, una catequesis que responde a la pregunta ¿quién es Jesús de Nazaret?, afirmando que es el Mesías, el enviado de Dios; y al mismo tiempo es una catequesis sacramental  que responde a la pregunta de qué sucede en la celebración de los sacramentos pascuales; respondiendo que  en el misterio del bautismo cristiano somos iluminados por Cristo, y con Él pasamos de la condición de esclavos a la libertad de hijos de Dios.
Por eso que ante Jesucristo no podemos ser como los fariseos, que eran tan cerrados de mente que no eran capaces de ver una curación tan maravillosa que tuvo lugar delante de sus narices, y mucho menos de ver en esa curación la mano de Dios, empeñándose en seguir en su ceguera y no reconocer a Jesús como el Mesías.... No. Tenemos que ser como el ciego, tenemos que estar abiertos a la acción de Dios en nuestra vida, una acción que casi siempre es sorprendente, pues Dios elige lo pequeño, lo último, como fue el caso de David, ya que no mira las apariencias, sino el corazón.

Vamos a pedírselo a la Virgen María. Pidámosle que sepamos estar abiertos siempre a la luz de Jesucristo, que siempre sale al paso en nuestra vida, y cuenta con nosotros para la obra de la nueva creación.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.