REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXXXV). Solemnidad de la Santísima Trinidad


El domingo pasado, con la solemnidad de Pentecostés, concluimos el tiempo de Pascua. Y hoy hemos entrado ya en este tiempo que llamamos «tiempo ordinario», que iremos siguiendo hasta el próximo Adviento. Este tiempo lo iniciamos fijando los ojos en nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y lo hacemos con un profundo espíritu de alabanza y agradecimiento al Dios que se nos manifiesta con su amor y que nos da su salvación y su vida.
Resultado de imagen de santisima trinidadPor eso las lecturas de esta fiesta nos invitan a contemplar el misterio de Dios que se hace presente en la historia humana, comenzando por su revelación al pueblo de Israel, y culminando con la presencia entre nosotros del Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. La Palabra nos invita, por tanto, a ponemos ante un Dios en salida, un Dios cuya vida no gira alrededor de sí mismo sino que quiere relacionarse con nosotros. Y es que Dios, que nunca deja de ser majestuoso y trascendente, se hace cercano y condescendiente con el pueblo. Y de esta manera, en el libro del Éxodo se empieza a dibujar la imagen de un Dios accesible, vuelto hacia los hombres; un Dios que se muestra como verdadero Padre y que se manifiesta como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”.  Un Dios que, como dice san Pablo es “el Dios del amor y de la paz”. Un Dios que, como dice el mismo Jesús en el evangelio, es Dios de salvación y no de condena.
Hoy, pues, damos gracias a Dios Padre por el amor que nos ha manifestado entregándonos al Hijo, que compartió nuestro camino humano con tanto amor para realizar nuestra liberación y salvación como fue la aceptación de la cruz; y damos gracias porque este amor del Padre revelado en su Hijo Jesucristo es para nosotros fuente de vida por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y es que Dios Padre ama al mundo y envía a su Hijo como Redentor; y la acción del Espíritu Santo hace que los hombres lo recibamos como Salvador, bautizándonos en su nombre.

Que la Virgen María, Hija del Padre, Madre del Hijo, y Esposa del Espíritu Santo, nos ayude e interceda por todos, para que la gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con nosotros.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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