jueves, 13 de julio de 2017

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCLXXXVIII). Domingo XV del Tiempo Ordinario


¿Qué tipo de tierra somos cada uno de nosotros? Así, de entrada, de sopetón, os hago la pregunta ¿Cómo somos?¿Cómo recibimos el mensaje del evangelio?
¿Por qué hago esta pregunta?, os podréis plantear. Pues la hago porque muchas veces nos comemos la cabeza en querer encontrar respuestas a por qué el anuncio del evangelio no cala en la gente, y nos lamentamos de lo vacío que está el mundo sin Dios, sin pararnos a pensar que el problema está dentro de cada uno, dentro de cada persona.
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Porque Dios sigue esparciendo día tras día, momento tras momento, la semilla de su Buena Noticia. Lo hace de mil maneras y de mil modos. ¿Pero como aceptamos cada uno de nosotros esa semilla? Porque no basta con sembrarla, que se siembra, sino que esa semilla tiene que ser acogida, porque, al fin y al cabo, somos cada uno de nosotros quienes con nuestra disposición acogemos el Evangelio o lo acabamos rechazando.
Y es que, aunque no nos demos cuenta, podemos ser como auténticos pedregales. Si nos empeñamos en vivir de espaldas a Dios y a la Iglesia, seremos auténticos pedregales. Si no acudimos a los sacramentos, si no dejamos que Dios vaya calando en nuestra vida, no seremos tierra buena por mucho que queramos decir que somos muy cristianos, católicos, apostólicos y romanos. Así que no nos engañemos. El evangelio de hoy no puede ser más clarico y no necesita menos explicación. Si de verdad queremos ser cristianos, debemos escuchar y poner en práctica la palabra de Dios, participar en la Eucaristía, y acudir a pedir perdón en el sacramento de la Reconciliación, con auténtico espíritu de conversión y propósito de enmienda. Debemos ser cristianos en la Iglesia. Porque, como dice el refrán, por libre, nada se consigue. Así que ninguno quiera comulgar con ruedas de molino diciendo “yo tengo mi fe” o “yo creo a mi manera”; porque lo único que consigue así es engañarse a sí mismo, vivir en una enorme mentira, y apartarse cada vez más de Dios, echando más piedras todavía en su corazón.

Pidámosle, pues, a la Virgen María, que sepamos despedregar nuestros corazones, para que el abono de la gracia de Dios haga que el mensaje del Evangelio, que día tras día se anuncia sin cesar, penetre de verdad en nosotros, y nos convierta en verdaderos y auténticos discípulos y seguidores de Jesucristo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.