REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCXCV). Domingo XX del Tiempo Ordinario


Al acercarnos hoy a la Palabra de Dios descubrimos claramente que Jesucristo ha venido para salvar a todos los hombres, sean de la nación que sean. Es algo que el profeta Isaías ya nos indicaba en la primera lectura: que los extranjeros fieles al Señor serán acogidos en su monte santo. Y es que Jesús traspasa los límites de Israel para mostramos que el proyecto salvador del Padre va siempre más allá de las barreras que pretendemos ponerle los hombres. Lo único que hace falta es que se tenga fe en Él.
Resultado de imagen de fe de la mujer cananea
Por eso en el Evangelio encontramos una fuerte llamada de Jesús a creer en Él, a tener fe en sus gestos y en sus llamadas, a fiarnos y a confiar en Él. Y eso… cuesta. Cuesta. Y vemos que las llamadas de Jesús a creer en Él no siempre son atendidas. Eso es lo que hace que Jesús, a lo largo del evangelio, se queje a menudo de la “poca fe” de los que le siguen, especialmente de la poca fe que los israelitas tenían en Él.
Sin embargo, Jesús también alaba la fe de los que creen en Él. Es lo que vemos que hace hoy con una mujer cananea, una personas que no pertenecía al pueblo de Israel; es decir, una pagana, una mujer que no se rinde ante Jesús, que en un principio se muestra reacio, pero que ante su insistencia, alaba su fe y le concede su petición, mostrando de este modo que ha venido para salvarnos a todos, pero dejando antes claro que había venido en primer lugar para el pueblo de Israel.

Ahora bien… Si nos encontrásemos hoy nosotros cara a cara con nuestro Señor…,¿alabaría Jesús nuestra fe, como alabó la de aquella mujer cananea? Es algo que no estaría de más que nos preguntásemos, ya que si somos cristianos, se supone que en nuestra vida tenemos que dar una respuesta a Dios; una respuesta hecha de fidelidad, de confianza y sobre todo… de fe.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

Start typing and press Enter to search