REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCVIII). Domingo XXXII del Tiempo Ordinario


Estamos casi al final del año litúrgico, y los textos litúrgicos así lo ponen de relieve. La palabra de Dios hoy, animándonos a prolongar la reflexión sobre la vida eterna que comenzamos el día de los fieles difuntos, nos invita a que avivemos nuestra sed de la sabiduría que viene del cielo, y que nos ayudará a vivir sabiamente los días de nuestra peregrinación en este mundo. Y es que mientras dura esta vida, nosotros, como las doncellas del evangelio, estamos esperando al Esposo. Y el Esposo es Cristo. Y para esperar a Jesucristo tenemos que tener llenas nuestras lámparas con el aceite de la gracia. 

Imagen relacionadaNo podemos esperar al último instante de nuestra existencia para llenarlas, porque no sabemos cuándo será y, por tanto, nos puede pillar desprevenidos y fuera de juego, como a aquellas cinco doncellas que se habían quedado dormidas. Ya nos lo dice Jesús hoy en el evangelio: «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora». Tengámoslo claro: Dios nos puede llamar a su presencia en el momento más inesperado, y por eso tenemos que estar siempre en condiciones de presentarnos ante Él. Eso implica que siempre tenemos que estar en actitud de vigilancia, de espera... Pero no con miedo, sino con responsabilidad y confianza en Dios. Jesús nos insiste en que hay que estar alerta; que no podemos echar a perder nuestra vida. Ni esta vida, ni la vida eterna que nos tiene preparada. Nos recuerda que estamos invitados al banquete del Reino de los cielos, pero que tenemos que entrar en él, no quedarnos dormidos, haciendo de la vida algo inútil y estéril. Y en eso consiste la verdadera sabiduría, que no es saber muchas cosas, sino saber vivir bien.  Por eso que tenemos que tenemos que vivir pensando en Dios y velar meditando en Él, porque creemos en Cristo muerto y resucitado y, vuelvo a repetirlo, Él nos tiene preparado algo muy grande en la vida eterna. Algo que no podemos echar a perder.

Vamos a pedirle a la Virgen María que todos nosotros tengamos encendida la luz de la fe, la luz de la esperanza y la luz de la caridad para que cuando nos llegue el momento de la muerte, que a todos nos ha de llegar, y Jesucristo nos llame a su presencia, no nos pille fuera de juego y, como las vírgenes prudentes, podamos entrar con Él en el cielo.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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