REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCXI). Domingo I de Adviento


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Hoy comenzamos un nuevo Año litúrgico. Y lo comenzamos con el tiempo de Adviento, un tiempo estupendo que nos prepara para celebrar la Navidad y para despertar en nuestros corazones la espera del retorno del Señor Jesús.
Y es que Adviento significa “venida”, la venida de Dios al mundo para salvarnos y redimirnos. Pero como os digo, esta espera no se tiene que limitar a prepararnos para celebrar las fiestas de Navidad, sino que tiene que movernos a mirar más allá, y ayudarnos a prepararnos a la venida final y definitiva de Jesucristo. Y para ello, tenemos que estar vigilantes, porque no sabemos cuándo será esa venida.
Es cierto que en esta situación de espera, pues pueden surgir dificultades, como el cansancio, el aburrimiento, el desánimo... Yo he de reconocer que, muchas veces, me cuándo veo como está el mundo de mal, también digo lo que escuchamos en la primera lectura, de labios del profeta Isaías: ¡“Ojalá rasgases el cielo y bajases”! Por eso necesitamos la gracia de Dios para vivir el Adviento, que no sólo es que sea un tiempo litúrgico, sino que, además, debe ser una actitud constante en nuestra vida, ya que Cristo, el Señor, viene a nosotros en cada momento y circunstancia; viene y espera ser acogido por todos. Y para acogerlo tenemos que reconocer, con el profeta Isaías, que somos pecadores, que nuestra justicia es un vestido manchado, que nuestras culpas nos arrebatan como el viento...

Pues que María, la gran protagonista del Adviento, la que con más ilusión esperó la venida de Jesús al mundo, nos ayude a permanecer vigilantes y firmes hasta el final, saliendo al encuentro de Cristo, que viene, y que viene para salvarnos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero. 

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