REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCXIV). Domingo III de Adviento


La liturgia de este domingo nos invita a la alegría. La primera lectura nos muestra como el profeta Isaías desborda de gozo porque Dios lo envía a dar la buena noticia a los pobres, a sanar los corazones desgarrados y a proclamar el año de gracia del Señor. San Pablo, en la segunda, invita a los tesalonicenses a estar siempre alegres y a guardarse de todo mal.

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¿Y por qué esta alegría?, nos podemos preguntar; porque el mundo, la sociedad, la vida política... no es que nos invite mucho a estar alegres. ¿Por qué hoy la Iglesia, de un modo especial nos invita a estar alegres? Pues porque el Señor está cerca. Durante este tiempo de Adviento estamos preparando el camino al Señor. Y Él va a llegar. Nuestro Dios viene a salvarnos. Por eso se nos invita a estar alegres. Por eso tenemos que estar alegres.
El problema igual es que no nos damos cuenta de la presencia de Jesucristo en medio de nosotros... Juan Bautista ya lanza un aviso en el evangelio: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”.  Sin embargo, tanto ayer como hoy, vemos como es terrible la capacidad del ser humano de no reconocer a Dios, aunque lo tenga delante de sus narices. Pues bien, por esa misma razón, porque el mundo no reconoce la presencia de Jesucristo, el Señor nos envía también a nosotros, como envió a Juan Bautista, para ser testigos de la luz, siendo portadores de paz, de justicia, de alegría, de esperanza...

Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que sepamos alegrarnos. Alegrarnos y esperar en Dios que se fija en el humilde, que no se deja ganar por nadie en misericordia, y que colma las esperanzas de los que esperan en Él.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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