jueves, 7 de diciembre de 2017

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCXV). Domingo IV de Adviento


Hemos llegado ya al cuarto domingo de Adviento, en la víspera de la Navidad, y hoy nos fijamos en María, la Madre de Jesús, a quien el arcángel Gabriel anuncia que el tiempo de las promesas hechas por Dios a su pueblo ha llegado y que ella es la mujer elegida para ser la madre del Salvador.
Pero este pasaje de la Anunciación que proclamamos hoy en el evangelio, pide de nosotros una buena dosis de fe; de creer en Dios, de fiarnos de lo que Dios nos dice. Y es que, a la hora de pensar fríamente, de querer tener todo atado y bien atado, con razonamientos humanos y demostraciones científicas, se nos hace tan difícil aceptar que una mujer pueda tener un hijo que sea Dios... Y si encima ese hijo lo tiene siendo virgen y sin dejar de serlo... ¡Agárrate y no corras!
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Pero así es Dios. Un Dios que tiene su manera de hacer las cosas. Un Dios que no tiene por qué hacer lo que nosotros queramos o digamos o pensemos. Un Dios que hace maravillas. Un Dios para el que nada hay imposible. De hecho, si para Dios hubiera algo imposible, no sería Dios. Por eso que hoy, a las puertas de la Navidad, tenemos que meternos esto bien dentro de la mollera: PARA DIOS NADA HAY IMPOSIBLE. 
Pues vamos a prepararnos, cogidos de la mano de María, a celebrar que se va a revelar el misterio escondido a los humanos durante siglos. Que se va a revelar el corazón de Dios. Y ahora Dios se va a revelar de una manera definitiva, para siempre. Y esa revelación definitiva es Jesucristo, en quien Dios mismo se da a conocer a los hombres.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

                                                                                                                                

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