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REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCXXIII). Domingo IV del Tiempo Ordinario


En el evangelio de hoy vemos cumplida la promesa que Dios hizo al pueblo por medio de Moisés, que haría surgir un profeta muy especial al que pondría sus palabras en su boca y que diría lo que Él le mandara, y que haría de intermediario entre Dios y los hombres. Pues bien, este profeta es Jesucristo, el Hijo de Dios, que predica con autoridad y cuya enseñanza va acompañada de curaciones que ratifican su mensaje de salvación.
Resultado de imagen de jesus sinagogaY es que, si nos paramos a pensar, nadie ha hablado nunca como Jesús, “nadie ha hablado como Él”, pues el evangelio nos relata que Jesús predica con toda autoridad y como, al empezar su misión, recorría la región de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios y liberando de todo mal, hablando con convicción y con fuerza, y llegando al corazón de los que le escuchaban. ¿Y en qué consistía esta autoridad de Jesús? Pues en que los escribas y los maestros de la ley acostumbraban a basar sus enseñanzas en las de otros escribas y en la tradición de los ancianos, es decir, en las interpretaciones de sus predecesores. En cambio, Jesús enseña con una autoridad propia; con esa autoridad que le da el ser Dios y Hombre verdadero. Por eso que Él es el que tiene la última palabra, como vemos en el evangelio que la tiene al expulsar al espíritu inmundo de aquel hombre. Y no sólo es que Jesús tenga la última palabra, sino que la tiene... y la tendrá.
Ahora bien, a Jesucristo hay que responderle y seguirle con fidelidad; pues tenemos que vivir siempre “buscando contentar al Señor”. Por eso tenemos que saber escuchar su voz, y no ser tan tercos en las cosas religiosas que endurezcamos nuestro corazón. Y es que, a fin de cuentas, escuchar el Evangelio tiene que cambiar el corazón para bien, cambiar la vida, transformar las inclinaciones al mal en propósitos de bien... Y si esto no se produce... es que algo falla por parte nuestra.

Vamos a pedirle, pues, a la Virgen María que tengamos un corazón dócil para saber escuchar la palabra de Dios, sin cerrarnos a ella, y sepamos mostrar el rostro de Cristo a todos nuestros hermanos, que tanta necesidad tienen de Él.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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