martes, 13 de marzo de 2018

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCXXX). Domingo IV de Cuaresma


Imagen relacionadaLas lecturas de hoy destacan la idea del amor misericordioso de Dios hacia la humanidad a través de su Hijo Jesucristo. En la primera lectura, vemos que Dios al pueblo de Israel del exilio en Babilonia por medio de Ciro; un destierro al que el pueblo había sido castigado por haber despreciado las palabras de Dios y haberse mofado de los profetas. Y es que, como nos dice el evangelio, “la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”. Algo que, tristemente, vemos que también sucede en nuestros días, puesto que, tristemente, hay mucha gente que se empeña en vivir de espaldas a Jesucristo, y de querer ocultar su Buena Noticia a los demás...
Y ese es el gran drama humano, que vamos caminando a oscuras y no solo eso, sino que muchas veces, nos empeñamos en seguir a oscuras; eso cuando no queremos alumbrarnos con pequeñas luces artificiales, como si fueran linternas, que duran poco, alumbran a medias, y para colmo, hacen daño a los ojos del alma, en vez de abrir las ventanas de nuestro corazón y dejar que entre en él la luz natural de Jesucristo.
Pero, a pesar de todo, Dios nunca nos abandona. Nos dice hoy el evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Pero... ¿Cómo correspondemos nosotros a ese amor? Porque, yo no sé si nos damos cuenta, pero el amor incondicional de Dios hacia nosotros, espera respuestas y colaboración. Y es que por parte nuestra, hace falta una respuesta de fe a esta salvación que Dios nos ofrece en Cristo, porque, como nos dice el evangelio: “el que cree en Él, no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”. Y no sólo una respuesta de fe, sino también una respuesta de colaboración, puesto que cada vez que intentamos amar, cada vez que con nuestra actuación hacemos que nuestro entorno sea más agradable, ofreciendo desde un vaso de agua fresca dado al que tiene sed, pasando por una sonrisa al que está triste, hasta una mano al que está caído, estamos colaborando con este Dios que nos ama tanto.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que nos ayude, para que con fe viva y entrega generosa, nos preparemos lo mejor posible para celebrar las próximas fiestas de Pascua.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.




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