domingo, 28 de octubre de 2018

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCLX). Domingo XXX del Tiempo Ordinario



Para poder entender bien el Evangelio de hoy, tenemos que pararnos a pensar, en primer lugar que en tiempos de Jesús, no existían ni la ONCE ni la Seguridad Social, y que los ciegos tenían un triste destino. Sufrían el abandono de la sociedad y eran personas marginadas, en las que se podía ver la pobreza, el desamparo y la indigencia personal. La mayor parte de ellas tenían que echarse como mendigos a la calle como único medio para poder sobrevivir, colocándose al borde de los caminos o en los lugares por donde pasara más gente.
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Y así era como vivía el ciego Bartimeo que aparece en el texto evangélico de hoy. Lo único que podía hacer era pedir unas monedas a la gente que pasaba a su lado. Pero fijaos, cuando se entera de que el que pasa a su lado es Jesús, no le pide unas monedas, no, sino que le pide algo más... le pide que tenga compasión de él. No le dice simplemente: ¡cúrame!, no, su ruego va más allá, le pide: “Hijo de David, ten compasión de mí”.
Y es que la intención del evangelista no es simplemente narrarnos un milagro más de Jesús, sino que lo que quiere, ante todo, es ensalzar la fe de aquel ciego. Esa fe que hace gritar al ciego “Hijo de David, ten compasión de mí”, es la que provoca que Jesús se pare y obre el milagro. Esa fe del ciego, es un ejemplo para nosotros y para tantos y tantos, que muchas veces estamos como ciegos al borde del camino, que vivimos sin luz para el camino, encerrándonos en nuestro mundo, y no nos queremos dar cuenta de que Jesús está pasando a nuestro lado. Y es una pena, porque para los que creemos en Jesucristo, no es la muerte ni el dolor ni la destrucción los que tienen la última palabra, sino el amor, la paz, el gozo, la esperanza...
Por eso, a nosotros nos hace falta ir a Cristo, necesitamos creer en Él sinceramente, como hizo el ciego Bartimeo. Y ése es uno de los dramas del hombre de hoy: abandonar a Dios, fuente de agua viva, para ir tras aljibes o estanques de agua estancada y podrida. El hombre sin Dios, que nos quede bien clarico a todos, el hombre sin Dios, está condenado al fracaso más absoluto y a la destrucción, como el enfermo que no va al médico. Lo triste es que algunos prefieren este camino y se emperran en seguir por él.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que nos ayude a poner los ojos de nuestro corazón en Jesús, el único que puede salvarnos.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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