domingo, 4 de noviembre de 2018

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCLXII). Domingo XXXI del Tiempo Ordinario



Hoy, está muy de moda hablar del amor a los hermanos, de justicia cristiana, etc. Pero apenas se habla del amor a Dios.
Por eso tenemos que fijarnos en esa respuesta que Jesús da al letrado, quien, con la mejor intención del mundo le dice: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?», lo cual no era de extrañar, pues entre tantas leyes y normas, y las diversas tendencias que había, como las hay hoy, a la hora de interpretar los mandamientos y la práctica de la auténtica religión, los judíos buscaban establecer un principio que unificara todas las formulaciones de la voluntad de Dios.
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Pues bien; Jesús no responde con ningún texto legislativo, sino que responde con una sencilla oración que, aún hoy, los judíos recitan varias veces al día, tienen grabada en las puertas de su casa y llevan escrita encima: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas». Es decir, Jesús nos recuerda que, en primer lugar, hay que proclamar la primacía del amor a Dios como tarea fundamental del hombre; y esto es lógico y justo, porque Dios nos ha amado primero.
Sin embargo, Jesús no se contenta con recordarnos este mandamiento primordial y básico, sino que añade también que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Y es que, como decía el Papa Benedicto XVI, «amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero».
Pero un aspecto que no se comenta es que Jesús nos manda que amemos al prójimo como a uno mismo, ni más que a uno mismo, ni menos tampoco; de lo que hemos de deducir, que nos manda también que nos amemos a nosotros mismos, que nos tengamos en autoestima, que nos cuidemos... pues al fin y al cabo, somos igualmente obra de las manos de Dios y criaturas suyas, amadas por Él.
Si tenemos, pues, como regla de vida el doble mandamiento del amor a Dios y a los hermanos, Jesús nos dirá, como dijo al escriba: «No estás lejos del Reino de Dios». Y si vivimos este ideal, haremos de la tierra un ensayo general del cielo. Pidámosle, pues, a la Virgen María, un corazón que sepa amar.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.



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