lunes, 21 de enero de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCLXXV). Domingo II del Tiempo Ordinario.



Imagen relacionadaUna vez concluido el ciclo de Navidad, pasamos a los domingos del Tiempo Ordinario, en el que acompañaremos a Jesús como discípulos, acogiendo sus enseñanzas.
Hoy, en las lecturas dominicales, Dios se presenta solícito siempre en favor de su pueblo. Dios, por amor a su pueblo, no quiere callar. No quiere permanecer en silencio y apartado de la condición humana. Dios no se queda al margen ante las necesidades del pueblo que Él se ha escogido. Así nos lo manifiesta la profecía del profeta Isaías en la primera lectura de hoy. Y así también nos lo manifiesta el evangelio, en el que Jesús hace el primero de sus milagros, convirtiendo el agua en vino en una boda en Caná de Galilea, manifestando así su gloria en público y suscitando la fe de sus discípulos. Este texto del evangelio es, en cierto modo, la carta de presentación de Jesús según el evangelista san Juan, quien quiere mostrarnos a Jesucristo como quien es, Dios y hombre verdadero.
Pues bien, si nos damos cuenta, las bodas de Caná tienen lugar entre nosotros cada vez que celebramos la Eucaristía. En cada celebración de la Misa, el Señor toma nuestra miseria, nuestro pecado, nuestra nada, representado en esas gotitas de agua que se echan junto al vino en el cáliz, y lo transforma en un Vino con mayúsculas, en un Vino exquisito, que es el Vino de su Cuerpo y de su Sangre. Y es que cada vez que celebramos la Eucaristía, que es el memorial del sacrificio de Cristo en la cruz, se realiza la obra de nuestra salvación.
Pero atentos. Atentos porque celebrar la Eucaristía tiene también la exigencia de poner en práctica lo que escuchamos y celebramos en la Iglesia. A todos nosotros, sin excepción, nos toca actuar haciendo lo que Jesús nos dice en su palabra, actuando según el don recibido, como nos dice san Pablo en la segunda lectura, ya que todos hemos recibido una serie de dones, de cualidades, del Espíritu Santo para ponerlos al servicio de los demás y del bien común. Por eso que en cada celebración de la Misa, que no sé si sabéis que la palabra “misa” significa “envío”, somos enviados para estar al servicio de los demás, buscar la paz, la justicia, a vivir el amor fraterno...
¿Qué la tarea es difícil? Sí. Para qué vamos a negarlo. Pero junto a nosotros, al igual que estuvo en Caná de Galilea, está la presencia y la ayuda de la Virgen María, madre de todos y de cada uno de nosotros, quien, al igual que hizo en aquella boda, puede sacarnos de cualquier apuro si acudimos a Ella con sinceridad y rectitud, y poniendo todo de nuestra parte; y ayudarnos a vivir con esperanza y con alegría por muy fea que se nos presente la vida con sus circunstancias.


Mn. Ramón Clavería Adiego;
director espiritual de Canal Romero.

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