martes, 5 de febrero de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCLXXVII). Domingo IV del Tiempo Ordinario



En la primera lectura escuchamos hoy la vocación del profeta Jeremías, a quien Dios envía al pueblo de Israel ya todas las naciones, prometiéndole que estará siempre a su lado.
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Pues bien, la misión de Jeremías es una buena imagen de la misión de Jesús, a quien, enlazando con el texto del Evangelio que proclamamos el domingo pasado,  seguimos viendo hoy en la sinagoga de Nazaret, el lugar donde creció y donde todos le conocen, a Él y a su familia. Sin embargo, como bien dice el refrán castellano, “nadie es profeta en su tierra”. Por eso que esa declaración de Jesús anunciando que Él es el Mesías esperado, provoca la reacción de los que le escuchan; una reacción de desconcierto, puesto que, por una parte, vemos que la gente le expresaba su aprobación y se admiraba de las palabras de gracia que salían de su boca, pero, por otro lado, sus vecinos se niegan a admitir esa afirmación de Jesús, alegando que le conocen, que conocen a su familia, etc..., como diciendo que Jesús es alguien demasiado conocido como para ser el Mesías esperado, el ungido de Dios.
Seguramente que aquellas personas de Nazaret habían soñado con la llegada del Mesías como un acontecimiento espectacular. No fue así. Dios se manifiesta en el silencio de lo cotidiano y pocos se imaginaban que el Mesías sería uno de sus vecinos. Jesús, para ellos, era el hijo de José, nada más. Pero Dios es así. Dios obra a través de la normalidad de la vida a pesar de que muchas veces querríamos ser testigos de hechos extraordinarios.
Por eso que las palabras Jesús pronunció después de anunciar que es el Mesías, recordando dos episodios del Antiguo Testamento, en los que Elías y Eliseo actuaron a favor de personas extranjeras no gustaron nada a los presentes. Y es que los judíos se sentían el pueblo predilecto y elegido por Dios para hacer llegar su salvación; y los demás pueblos quedaban al margen y completamente descartados de este plan salvador de Dios. Por eso que las palabras de Jesús anunciando que su misión no es solo para el pueblo de Israel, sino que va a destinada para todos los pueblos, no hicieron pero que ninguna gracia a los presentes. Fijaos si no les gustaron, que hasta lo sacaron del pueblo con intención de despéñalo por un precipicio.
Pero, a pesar de todo, Jesús se abrió paso y superó aquella dificultad, como superó tantas a lo largo de su vida, llegando a superar incluso el obstáculo de la muerte con su resurrección. Y es que Jesús es el Mesías que ha llevado la salvación a todo el mundo y su misión no encontrará ningún obstáculo para llevar los designios de Dios a cumplimiento.
Pidámosle, pues, a la Virgen María, que nosotros no seamos como los vecinos de Jesús, y que acojamos el mensaje del evangelio sea quien sea el transmisor que Dios haya puesto para hablarnos y hacernos llegar su Palabra salvadora. Pues aunque tengamos mucha fe, mucha esperanza y muchas otras virtudes y cualidades, si no tenemos caridad... no nos servirá de nada.

 Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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