jueves, 14 de marzo de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CCCLXXXIII). Domingo II de Cuaresma



 

La liturgia de este domingo nos recuerda que los cristianos somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador, Jesucristo, quien, como dice san Pablo, transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa.
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Bueno, pues esta esperanza es lo que explica y da sentido a nuestros esfuerzos cuaresmales y existenciales. Seguramente que conforme va avanzando la Cuaresma, y haber hecho muchos propósitos de cambiar de vida, y comprobar que podemos encontrarnos ahora con poco convencimiento personal para llevarlos a la práctica, muchas veces podemos sentirnos como Abrahán, quien se tropezó con una llamada de Dios y una promesa que parecía poco convincente, pero que creyó en Dios, pero que conforme pasaba el tiempo, pedía garantías de la promesa.
Pues bien; para alentarnos e iluminarnos en este caminar de la Cuaresma, la Iglesia nos propone en este segundo domingo a Cristo transfigurado; un texto que, para entenderlo bien, tenemos que leerlo en clave pascual. En él vemos como Jesús, ante la cercanía de su pasión, ofrece a tres de los apóstoles una experiencia de revelación. Jesús, que hasta ahora se ha manifestado como Dios solo veladamente, a través de su singular relación con Dios Padre y por los signos que hacía, revela quien es a sus discípulos. Por eso, esta escena de la Transfiguración, representa la esencia misma de la fe. Si nos preguntamos quién es Jesús, aquí está la respuesta: Jesús es el Hijo de Dios. Y si nos preguntamos que tenemos que hacer para ir por el buen camino de la vida, aquí tenemos también la respuesta: escucharle.
Pero tengamos claro que no todo es un camino de rosas. Nuestra alianza con Dios, al igual que la de Abrahán, pasa por la oscuridad, el sacrificio y la prueba, para desembocar necesariamente en el triunfo. Y bueno... ahí tenemos el ejemplo de Cristo, que con la Transfiguración nos enseña que la pasión es el camino para la resurrección.
Por eso mismo, en medio de la sociedad en la que nos ha tocado vivir, de muchas palabras y de pocos hechos, no podemos permanecer para siempre en el Tabor como deseaban los tres discípulos. Fijaos, si se hubieran quedado allí, nunca hubieran llegado al monte Calvario ni hubieran visto a Cristo resucitado de entre los muertos.
Que Santa María nos ayude, pues a fiarnos de Jesús, a escuchar a Jesús y a seguir a Jesús, para vivir como Él vivió, con generosidad y entrega.

Mn. Ramón Clavería Adiego;
Director espiritual de Canal Romero.

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