viernes, 30 de agosto de 2019

REFLEXIONES DE LA PALABRA (CDVI). Domingo XXII del Tiempo Ordinario



Durante esto últimos domingos, la carta a los cristianos hebreos que hemos ido proclamando como segunda lectura, nos ha invitado a despertarnos, a vivir de veras nuestra fe en Jesucristo, porque es algo que vale realmente la pena. Hoy el autor de esta carta, recordando la experiencia del pueblo de Israel al pie del Sinaí, nos habla de la novedad y de la esperanza gozosa que hay en nuestra fe. Porque nosotros, como dice el escrito, no nos hemos acercado a un monte tangible, a un fuego encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta... no; nosotros nos hemos acercado a Dios porque hemos visto a Jesucristo. Hemos visto su rostro, su modo de vivir, su corazón. Hemos visto que el estilo de dios es la sencillez, la humildad, el no llamar la atención, el no pretender la fama... Lo sabía bien Ben Sira, autor del libro del Eclesiástico, que escuchamos en la primera lectura, afirmándonos que hay que si procedemos con humildad en nuestros asuntos, nos querrán más que al hombre generoso, y que si nos hacemos pequeños en las grandezas humanas, alcanzaremos el favor de Dios.
Resultado de imagen de xxii ordinario cAsí pues, la palabra de Dios nos recomienda ser humildes ante Dios, porque ante Él no somos nada, y ante los hombres, nuestros hermanos. Hoy se nos pide que seamos humildes, sencillos, pequeños, servidores... Es algo que sabemos que cuesta mucho llevarlo a la práctica, sobre todo en nuestros tiempos, ya que combatir la propia voluntad y el propio orgullo es el reto más difícil que tenemos y por ello, el más exigente porque, la mayor parte de las veces, es manifestación de nuestro yo personal; y muchas veces queremos despuntar, figurar en los primeros sitios para que los demás nos vean... Y hay que reconocerlo: nos gusta figurar, tener reconocimiento y a veces tal vez bajo una capa de falsa humildad. Y no digamos que no, que a todos nos ha pasado en alguna ocasión.
Vamos a pedir, pues, el saber estar bien atentos y ser humildes y sencillos, dando gratuitamente lo que hemos recibido de Dios; y para ello tenemos un buen  ejemplo, que es el de la Virgen María, que aun siendo la Madre del Salvador, vivió siempre en la humildad y la sencillez de la Sierva del Señor.

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